índice Capítulo III
 
1.   DIAGNOSTICO DEL INIA Y SU ENTORNO
     
 
El INIA, de acuerdo con su norma de creación, es la institución pública encargada de generar y transferir tecnología para contribuir al desarrollo sostenido del sector agrario y al incremento de la producción y la productividad agraria en el país.  
   
 
Por muchas décadas fue preocupación del Estado el impulso de la investigación y desarrollo (I&D), como uno de los ejes principales de la política pública sectorial. Las instituciones que antecedieron al INIA en esta labor, en los años 60 y 70, cumplieron un rol muy importante en el desarrollo tecnológico del agro nacional, en el marco de una política de sustitución de importaciones y dominadas por un enfoque principalmente de oferta pública.
   
 
En los años 80, después de la reforma agraria, se creó el Instituto Nacional de Investigación y Promoción Agraria (INIPA), con la misión de promover la modernización a través de la provisión de servicios públicos de I&D. En ese esfuerzo se contó con un importante aporte de inversión pública a través de la banca multilateral internacional (BID y BM) y el apoyo del USAID y de centros internacionales de investigación.
   
 
Hacia 1987, en el marco de un nuevo gobierno, se produjo la reestructuración del INIPA, convirtiéndose en el Instituto Nacional de Investigación Agraria y Agroindustrial (INIAA), con el mandato de proveer servicios de I&D. El Ministerio de Agricultura creó una Dirección General de Extensión Agraria para asumir las actividades de promoción y extensión agraria.  
   
 
El nuevo ordenamiento institucional y las dificultades financieras del Estado durante la segunda mitad de los 80, fueron el marco para el desarrollo de algunas nuevas instituciones y proyectos asociados a la promoción del cambio tecnológico agrario. Se creó la Fundación para el Desarrollo Agrario (FUNDEAGRO) y el Proyecto "Transformación de Tecnologías Agropecuarias" (TTA), con apoyo del USAID. En esa misma década surgió el Programa Nacional de Cuencas (PRONAMACHCS), con un componente importante de promoción y extensión agraria.  
   
 
La profunda crisis fiscal, con la que se iniciaron los años 90, y la debacle y desprestigio de la institucionalidad pública, tocaron profundamente al INIAA y a los Programas de Extensión Agraria del Ministerio, cuestionando la pertinencia de un instituto público de investigación agraria. Las reformas estructurales que impulsó el nuevo gobierno tenían como eje la reducción radical del tamaño del Estado, el retiro de su participación en la economía y en la política sectorial, la desregulación y la simplificación administrativa. En 1992, dentro de ese nuevo marco de política, se procedió a realizar importantes reformas institucionales, con la expectativa de una mayor participación del sector privado en I&D agrícola pero sin contar con un enfoque claro del rol del Estado y de los procesos que había que impulsar para involucrar a la iniciativa privada en el proceso de innovación agraria:  
     
   
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Reducción significativa de su dimensión (de 5,166 a 782 personas y una considerable reducción del presupuesto institucional).
 
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Transferencia de las Estaciones Experimentales a la empresa privada, universidades y asociaciones de productores.
 
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Entrega de las instalaciones del Instituto Nacional de Desarrollo Agroindustrial (INDDA), transfiriendo toda la responsabilidad en materia de investigación agroindustrial a la UNALM,  cambiando además la denominación institucional de INIAA a INIA.
 
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Limitaciones en el apoyo para gestionar proyectos de cooperación.
 
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Reducción de la plana de investigadores.
     
 
En suma, durante el decenio 90 el Estado se retrae de la I&D y convierte al INIA en una precaria red de centro de servicios tecnológicos regionales. Estos centros fueron mal dotados y orientados a proveer bienes (semillas y módulos de riego por goteo) y servicios de asistencia técnica y capacitación a los agricultores minifundistas de algunas regiones agrícolas y con un alcance reducido. Se puso énfasis en la cantidad más que en la calidad y en la necesidad de autosostenimiento a través de campos de producción comercial insertados en sus EEA’s, frente a los exiguos recursos con la que se le dotó.
     
  Mientras se redujo el Instituto a la inercia:
     
   
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Se incrementó el presupuesto del Ministerio.
 
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Se aumentó la importancia de otras instituciones y proyectos públicos de promoción agraria    (PRONAMACHCS, UOPE, CONACS, CONAFRUT, CONAPAPA, PSI, entre otros)
 
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Se creó el SENASA como institución pública de normalización técnica y sanitaria.
 
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Se impulsó una normatividad de semillas donde se retiraba prácticamente al Estado de su regulación y promoción.
 
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Se truncó el Proyecto SINITTA que tenía como eje el fortalecimiento del INIA como parte de un sistema de innovación tecnológica.
   
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Al final de la década, se gestó el proyecto PIEA/INCAGRO, como un fondo  destinado a financiar la iniciativa privada en investigación y extensión agraria.
 
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Otros Ministerios como el MITINCI impulsaron los CITE’s creando el CITECCAL y el CITEVID. 
     
 
De esta manera, la política gubernamental de los 90 creó instituciones y proyectos paralelos y debilitó al INIA, con la convicción de que el mercado se encargaría de desarrollar las ACyT según la demanda. Mientras tanto, las labores públicas de investigación tecnológica agraria no se paralizaron totalmente, pero estuvieron basadas fundamentalmente en la iniciativa individual de algunos investigadores del INIA y de algunos profesores universitarios. Estos esfuerzos aislados y descoordinados acrecentaron la ineficiencia del gasto público y empobrecieron notablemente la naturaleza de los logros alcanzados.  
   
 
El vacío dejado por el Estado intentó ser llenado por diversas iniciativas desde las organizaciones de desarrollo, la cooperación técnica y algunas empresas. En este proceso se puede destacar lo siguiente:
     
   
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En el empresariado y demás instituciones privadas existen   escasas pero importantes energías que pueden aportar en el desarrollo de I&D en el sector. Sin embargo, a éstas no se les puede dar toda la responsabilidad porque no todas las ACyT se pueden sostener por la lógica del mercado, ni pueden asumir un rol importante rápidamente
 
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La mayoría de los productores agrarios ven el cambio tecnológico como gasto más que como inversión y a la I&D como un servicio que el Estado está obligado a proporcionar gratuitamente.
 
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La extensión agraria privada, sostenida a través de ONG’s y financiados por los programas de cooperación técnica internacional, adolece de profundas deficiencias que requieren subsanarse con fuerte dosis de orientación, coordinación y  concertación.
 
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No se impulsaron instrumentos eficaces de promoción de la iniciativa privada en las actividades de I&D. El más importante de ellos, la transferencia de las EEA’s  al  sector privado no logró cumplir con sus objetivos  
     
 
Las universidades fueron consideradas como la instancia que debía sustituir al INIA. La transferencia de las instalaciones de agroindustria del INIAA a la UNALM, la entrega de EEA’s a diversas universidades del interior el país y el programa de equipamiento de laboratorios que impulsó el gobierno anterior, no fueron suficiente para convertirla en la institucionalidad capaz de impulsar la I&D para la innovación agraria y agroindustrial. Creemos que si bien es cierto pueden cumplir un rol mucho más importante del que ahora juegan, no cuentan con la versatilidad y especialización que exige la innovación tecnológica.  
   
 
Las actividades de I&D que impulsó el MINAG, sobre todo a través de diversos programas y proyectos de promoción agraria, se caracterizaron por:
     
   
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Estar dominados por un enfoque paternalista y clientelístico.
 
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Realizar actividades en conflicto con las iniciativas de las ONG’s.
 
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 Impulsar en su mayoría actividades de I&D sin mandatos claros, descoordinados,  generando un desorden en la política tecnológica sectorial.
 
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El desorden, fruto de la superposición de funciones y actividades e instrumentos de  intervención contradictorios, generaron gran confusión entre los agricultores.
   
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El retiro del INIA en la producción de semilla de alta calidad, que deterioró profundamente el mercado de semilleristas.
 
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Debilitar la capacidad de ejecución de investigaciones estratégicas.
     
 
A partir del año 2001, con la puesta en funcionamiento del PIEA/INCAGRO, el sector cuenta con fondos concursables para promover la I&D en instituciones privadas y públicas. La definición de sus prioridades y los términos de los concursos para los proyectos estratégicos deberán armonizarse permanentemente con los avances que se realicen en la política tecnológica sectorial, de tal forma de garantizar coherencia.
   
 

El nuevo gobierno, consciente de la importancia de contar con un instituto público de investigación agrícola, ha tomado la decisión de reflotar al INIA. Ello se ha manifestado en el cambio de la administración, el apoyo al proceso de reestructuración y a gestiones para mejorar su presupuesto en el corto y mediano plazo. Asimismo, se ha incluido al INIA como coordinador de la Mesa de Investigación y Tecnología de la Comisión Multisectorial de Promoción de la Agroexportación, fortaleciendo su liderazgo.

 
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